Reí, abracé, me tambaleé, hablé, me molesté, hice locuras, me sonrojé, consolé, dí la mano, vacilé, ignoré, me preocupé, salté, cogí aire, me temblaron las rodillas, canté, me sorprendí, sentí que volaba y bailé, sobre todo bailé. Bailé hasta que casi no me sentía los pies, bailé con personas con las que no había hablado en la vida. Bailé con ellas, bailé riéndome, bailé disfrutando. Bailé tan cerca que sentí que me quedaba sin respiración, bailé sintiendo que me temblaban las piernas, bailé como si se me fuera la vida en ello. Y volvería a hacerlo de nuevo esta misma noche, porque me encanta la sensación de despertar a la mañana siguiente sintiendo que tienes agujetas hasta en el dedo meñique del pie, la sensación de volver a casa y casi no poder dormir porque sigues escuchando en tu cabeza cada una de las canciones que sonaron, la sensación de despertar y que los recuerdos se agolpen en tu mente sacándote una sonrisa.

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